Una noche en el Monasterio de Poblet


Aprovechando mi visita a Tarragona, me interesé por conocer un monasterio donde por primera vez en mi vida conviviría con monjes; asistiendo a las litúrgias, durmiendo en una de las habitaciones de la hospedería interna y hasta comiendo con ellos. ¡Vámonos pues, a conocer el Monasterio de Poblet!

El Real Monasterio de Santa María de Poblet ó Monasterio de Poblet, que es como mejor se le conoce, es una de las abadías cistercienses (desarrollada por los monjes cistercienses) más grandes y completas del mundo. Construído entre el siglo XII y XV entorno a una iglesia que data del siglo XIII, cuenta con una mansión real fortificada y alberga el panteón de los reyes de la Corona de Aragón. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 1991, es un lugar de visita obligada, pero sobretodo para los amantes de los monasterios.




Cómo llegar al Monasterio


En Tarragona abordé un tren con destino a un pequeño pueblo llamado la Espluga de Francolí, desde donde debí caminar unos tres kilómetros hasta llegar al Monasterio. También es posible llegar en autobús, directo hasta la puerta del monasterio.

De Tarragona a Poblet




Camino al Monasterio


En Espluga aproveché para darme un vuelta por sus calles, pero siendo sábado al medidía me encontré con que todo estaba cerrado, incluyendo la oficina de turismo. Lo único que encontré abierto fueron las Cuevas de la Espluga (de pago), pero luego de informarme en la taquilla, decidí saltarme el tour porque según me habían advertido, no podría entrar al monasterio pasadas las 17 hrs. y cn el horario de inicio de la visita a las cuevas y el tiempo de duración de la misma, me temía que no podría llegar a tiempo.

Había un sol tremendo ese día y recuerdo estar caminando por la carretera pensando en cuanto adoraba viajar. Aunque sea dentro del país en el que vivo y no muy lejos de casa, la sensación de libertad que me invade en esos momentos es indescriptible y me hace sentirme afortunado. De repente, ante la presencia de los viñedos del monasterio y un cartel con la imagen del monasterio, supe que estaba muy cerca y a lo lejos ya podía ver la torres asomándose.

A un lado de la carretera, feliz junto al cartel que anuncia que estoy cerca del monasterio
Viñedos del monastario


Pronto, me encontraba bordeando un muro de piedras, me topaba con autobuses turísticos y con un parking de visitante. ¡Ya había llegado al Monasterio de Poblet!




Horarios y precios de la visita


En mi caso, como me quedé en la hospedería interna no tuve que pagar por nada, tampoco por la visita. Las comidas también eran gratuitas.

Para quien visite el monasterio en plan turístico es otra historia. Aquí las tarifas y horarios de visita.

En la web oficial del Monasterio de Poblet se puede encontrar mucha información sobre el monasterio, la vida monástica, los museos y visitas turísticas.



Hospedaje


Para quedarse en el Monasterio hay dos opciones:  

La hospedería externa, abierta en el año 2010 y ubicada fuera de la muralla, cuenta con 42 habitaciones. Es la opción inevitable si se viaja en familia o acompañado por alguna persona del sexo femenino, pues en la hospedería interna no se permite la entrada a las mujeres. También es posible alojarse en solitario en una habitación doble. Se puede reservar directamente en la web de la hospedería externa. Las tarifas no son económicas.

La hospedería interna, fue la opción que yo escogí para poder convivir con los monjes dentro del recinto. Para reservar hay escribir un correo electrónico, con tiempo preferiblemente, avisando sobre el día de llegada deseado. La hospedería interna es gratuita, aunque es recomendable dejar un pequeño donativo dentro de un sobre al marcharse. Yo dejé 5€ el día que me fui.

Las habitaciones son sencillas e individuales, con un lavamanos, un pequeño escritorio, mantas, sábanas y toallas limpias, sin televisión ni internet por supuesto.

Según recuerdo se puede pasar un máximo de 3 noches en la hospedería interna. Para solicitar hospedaje escribir a: hostatgeriapoblet@gmail.com

Mi habitación. Austera, pero con una luz y una tranquilidad envidiable


Yo envíe un e-mail unos nueve días antes de mi llegada, informando sobre mi deseo de hospedarme. Me confirmaron mi "reserva" y me indicaron que el horario de entrada era de 10 a 12:30 y de 15 a 17 h. No debía llegar tarde o me quedaría sin entrar al monasterio.




Mi experiencia en el Monasterio


Al llegar me sorprendió lo turístico que parecía ser el lugar, aunque a esa hora los últimos turistas comenzaban a retirarse. Pronto comprendería que yo era un privilegiado de poder hospedarme dentro del monasterio, pues a quienes van de paso se les cobra una entrada y solo llegan a conocer áreas del monasterio abiertas al público; mientras que yo podría ver mucho más que ellos y compartir con los monjes.

El Monasterio está estructurado en tres recintos, rodeados por una muralla defensiva. El primero y el más exterior, contiene almaneces, talleres y casas para los trabajadores y la Capilla de Sant Jordi. Luego, la Puerta Dorada da acceso al segundo recinto, donde está la Plaza Mayor, la capilla de Santa Caterina y el hospital de los pobres. En el tercero, al cual se accede por la Puerta Real, encajonada entre dos torres, está el claustro, la iglesia, las habitaciones monásticas y la hospedería interna.

El primer recinto y la entrada al segundo recinto del monasterio (Puerta Dorada)
A mi llegada al monasterio en la Plaza Mayor, con la iglesia al fondo


Me aproximé a la entrada de la hospedería interna y anuncié mi llegada a un monje que estaba en la recepción. Me hizo pasar un locutorio o sala donde los monjes se reunen para conversar. La habitación era amplia, con cuatro mesas y cinco sillas por mesa. Me senté a esperar y a los pocos minutos entró un monje a quien confundí por el hospedero, acercándome a su encuentro.
—¿Dónde vives? —Preguntó.
—Vivo en Barcelona —Respondí.
No, ¿dónde vives? —Insistió.
Pensé que no me creía, por lo que repliqué:
—Vivo en Barcelona pero nací en Venezuela. 
—Dame la mano. ¿Dónde vives? —Volvió a preguntar.
Ya casi impaciente le contesté: —Vivo en Barcelona.
—¿Por qué me das la mano? —Lo que me faltaba pensé, el monje está loco o quiere volverme loco con tantas preguntas.
—Porque usted me lo ha pedido —Le constesté.
—Vives aquí donde tienes los pies —Me soltó la mano, sonrió y me dijo que ya el hospedero vendría a por mi.   

El locutorio donde esperé por mi hospedero


Lo interpreté como mi primera enseñanza, le devolví la sonrisa y le di las gracias. Pronto se apareció Fra Bernat, mi hospedero. Lo recuerdo como un hombre muy risueño, que exteriorizaba felicidad por cualquier cosa, casi de una manera ingenua. Fuimos caminando mientras conversábamos, hasta parar en un área ajardinada. Se mostraba muy receptivo, dispuesto a contestar cualquier pregunta que le hiciera. Lo cierto es que sentía curiosidad por la vida que llevan los monjes. 

Me contó que estaba estudiando alfarería en Barcelona, que soñaba con ser algún día un buen alferero y poder colaborar en el mantenimiento del monasterio vendiendo sus creaciones en la tienda de recuerdos. Un día sintió inclinación hacia esta vida y que el Señor le llamaba, razón por la cual entró al monasterio. 

Cada monje ha de pasar por un período de prueba por así llamarlo, tiempo durante el cual ha de comprender, si verdaderamente el hábito y Dios son su vocación. Luego se pasa por el postulando, que dura entre 6 meses y 1 año, le sigue el noviciado y la profesión temporal y la profesión solemne. Paralelamente al oficio que desarrollan dentro de la comunidad, se van formando en otras áreas como teología. Me lo contaba todo con tal fascinación, que se le notaba en los ojos como para él no existía otra vida que no fuese esa.

Yo junto a Fra Bernat el día de mi partida
 

Seguidamente me condujo hasta mi habitación y me entregó un papel con la planificación día. En el mismo piso donde estaban las habitaciones de los huéspedes, habían una sala de lectura y una pequeña biblioteca. 

Todo estaba metódicamente estructurado con una hora fija para el desayuno, el almuerzo, la cena, las misas, el trabajo, el descanso... Yo podía o no, seguir a rajatabla los horarios estipulados, asistiendo a las litúrgias por ejemplo, sin estar obligado a ello aunque era lo más recomendable, eso si, siendo siempre puntual. 

La hospedería interna. Mi habitación estaba en el segundo mi piso




Durante las horas de descanso podía hacer lo que quisiera. Como yo no concibo el descanso y no podía quedarme quieto en mi habitación, utilizaba ese tiempo para pasearme por ahí. 


Horario de la comunidad. Cortesía de www.poblet.cat


Lo primero que hice tan pronto como tuve oportunidad, aldededor de las 8 PM, fue subir por unas escaleras y bordear la muralla, con vista a los viñedos y tejados del monasterio.

Vista desde la muralla
En una torre de la muralla
  

Bernat fue el único monje con quien conversé durante mi estancia. Siempre se acercaba a mi con alguna palabra o explicación. Los demás monjes parecían imperturbables, aunque rara vez me saludaba alguno con la mirada o asintiendo con la cabeza.

A mi y a otro huesped, Bernat nos mostró el cementerio del monasterio, donde están enterrados los monjes que allí han perecido. También nos paseamos por el huerto donde nos mostró lo que cosechaban, y no dijo que casi todo lo que comen proviene de la tierra que cultivan. Cada monje tiene un oficio: el agricultor, el cocinero, el ceramista, el doctor, y así... En la duchas del monasterio, observé que la alcachofa de la misma era transparente y tenían dentro unas bolitas negras. Esto me comentó que lo diseñó otro monje y que funciona como filtro.

Un monje riega las plantas en el claustro


La labor de lavar los platos y servir la comida se la reparten por semanas. Así como en el colegio, se designa un "semanero". Cuando era la hora de comer pasábamos en fila al refectorio o comedor. Primero entraban los monjes de mayor edad, presedidos por los más jóvenes y seguidamente los invitados que quedábamos sentados más próximos a la puerta. De último pasaba el abad. El comedor era muy grande y largo, con las mesas dispuestas en forma de U. El abad se sentaba al fondo, en el medio.

Primero nos parábamos todos delante de la mesa y tras una corta plegaría, nos sentábamos dando la espalda a la pared, por lo que nunca le dábamos la espalda a nadie. Un monje iba pasando por las mesas con un carrito y servía la comida. Se le señalaba qué servir y se le hacía un gesto con la mano para indicar suficiente. Nunca se mediaba con palabras. Mientras comíamos, otro monje iba leyendo pasajes que escuchábamos por un altavoz.

El refectorio del monasterio, donde se sirven todas las comidas


La comida era muy sana y tenía buen sabor. Siempre había vino en la mesa, el cual se podía servir a propio antojo. El primer día comimos un arroz asopado, unas croquetas de vegatales y de postre había manzana y cerezas. Hasta donde me llegó la vista, todos cogieron una sola fruta. Yo debo haber sido el único que pidió de ambas, porque tenía mucha hambre. Al principio me sentía un poco torpe porque no estaba seguro de como debía actuar. De hecho, cuando me di cuenta todos habían acabado de comer, y yo como comía más que el resto, aún tenía la manzana por la mitad. Comprendí que esperaban por mi, por lo que crucé los cubiertos y me metí la manzana en el bolsillo.

Varias veces fui apoyado por José María, uno de los huéspedes que siempre se sentaba a mi lado. Era un hombre de cabello blanco, bien estilizado; muy correcto en su comportamiento y hablar. Más adelante supe por él que visitaba el monasterio todos los años, pues forma parte de un comité que se encarga de velar por los sitios que se encuentran inscritos en la lista de Patrimonio de la Humanidad.

Bernat también contó que en la montaña los monjes tienen un casa de veraneo, donde una vez por año se marchan unos días a descansar. La biblioteca del monasterio es muy importante, pero no tuve la fortuna de conocerla por dentro, solo pude hacerle una foto a través del cristal.

Biblioteca del monasterio


Por la tarde, no recuerdo a que hora, se cierra la Puerta Real por lo que no se puede salir del tercer recinto. El primer día no pude salir, pero al segundo aproveché para caminar un poco por los alrededores del monasterio. En la noche, antes de acostarme a dormir, salí a la muralla a contemplar el firmamento. Pocas veces he visto tantas y tantas estrellas como esa noche. La oscuridad era total, tanto dentro del monasterio como en los alrededores del mismo.

Las litúrgias eran diversas. Una más largas (las vísperas) se llevaban a cabo en la iglesia, con hermosos cantos que se sacan del libro antifonario y lecturas de salmos. Otras eran más cortas y tenían lugar en salas más pequeñas. En las misas más largas cogíamos de una mesa el antifonario, que ya tenía marcada la página que se iba a usar, pero habían unos saltos de una salmodia otra y yo siempre me perdía. Llegué a contar hasta 22 monjes. Unos muy mayores, creo que hasta se adormecían durante las litúrgias. Fra Bernat era el menor de todos.

Siempre procuré asistir a todos los oficios religiosos, pero el segundo día no escuché la alarma de mi reloj, y no asistí a las que tenían lugar muy temprano por la mañana antes del desayuno.

El último día Bernat me mostró su taller muy entusiasmado, y se sonrojaba cuando le decía que tenía talento para elaborar cerámicas. Muy orgulloso me regaló un bol pintado, como el que sostiene en la mano en la foto posterior, pero de color gris. Este bol es usado por los monjes para beber.


Fra Bernat muestra una de sus creaciones en su taller


Después del almuerzo me despedí de Fran Bernat, de José María y de otro huesped con quien conversé en un par de ocasiones. Estaba muy contento de haber pasado la noche en el monasterio y de haber vivido esta experiencia.

El Monasterio de Poblet y los viñedos, vistos desde un lado de la carretera


La visita a Poblet la recuerdo con mucho cariño porque después de aquel día, siempre que tengo oportunidad duermo en algún monasterio, como lo hice más adelante en el Monte Athos o en la isla de Corfú durante una semana.

De momento solo he pernoctado en monasterios ortodóxos y católicos. Espero en mis próximos viajes tener la oportunidad de convivir con monjes de otras religiones para experimentar su estilo de vida.



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