Monte Athos # 1: monasterios de Pandeleimonos y Xiropotamo


El Monthe Athos es el hogar de 20 monasterios ortodoxos, que conforman un territorio autónomo que no entiende de leyes de la Unión Europea, ni del espacio Schengen. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1988, es el territorio más hermético de Europa, habitado únicamente por monjes de sexo masculino y un lugar de culto en el que las mujeres tienen vetada la entrada.



EN EL CAPÍTULO ANTERIOR...

Para leer como entré al Monte Athos, no te puedes peder La puerta de entrada al Monte Athos.


Abordo del ferry

Al ser prácticamente de los primeros en abordar, me planté a observar desde lo alto de la cubierta del ferry, a todos cuantos subían detrás de mi. Perdí la cuenta de cuántos hombres seríamos, pero con total seguridad más de cien. Me sorprendió ver niños, ya que para entonces desconocía que pueden viajar a Athos acompañados de sus padres. También habían muchos monjes en su hábito negro, varios de los cuales iban organizando provisiones de comida a ambos lados de la plataforma de entrada, en unos espacios donde también muchos pasajeros iban colocando su equipaje. Yo cargaba conmigo mi pequeña mochila, todo el tiempo. Aleatoriamente, y a medida en que iban llegando, se organizaban también algunos vehículos rústicos cargados de comida y uno que otro camión con materiales de construcción.


Ferry para acceder al Monte Athos, desde Ouranopouli
El puerto de Ouranoupoli. Peregrinos y monjes se suben al ferry

En la cubierta habían multitud de sillas de plástico, que se iban ocupando hasta no quedar ni un espacio libre. Yo preferí situarme con mi silla en primera fila, pegado de la baranda, para no perderme detalle del trayecto. La fuerte brisa mermaba el calor, lo que hizo que me desinteresara por resguardarme a la sombra como el resto.

Decenas de hombres en la cubierta del ferry, camino a Athos
Yo, contento de cumplir uno de mis sueños viajeros

El trayecto fue una experiencia como ninguna. A ambos lados del ferry sobrevolaban multitud gaviotas y el mar brillaba como escarcha, con el reflejo del sol de frente y el viento soplando fuerte. En todo momento íbamos navegando bordeando la costa. El territorio, uno de los más vírgenes que he visto en mi vida, era un espectáculo para la vista. Incluso llegué a ver delfines. La península era una zona muy boscosa, sin claros evidentes, con excepción de un tramo donde había habido un incendio, y la vegetación aún no se recuperaba.

Ambiente mágico y salvaje en la península

Me estaba disfrutando el viaje como nadie. Al cabo de un rato comenzábamos a hacer paradas en los primeros monasterios. Tenía que elegir donde bajar, con la esperanza de ser admitido, pero había tanta gente que mucho me temía que no encontraría un lugar donde pasar la noche, por haberme saltado el paso de reservar telefómicamente. En cada paraba bajaba y subía gente. Quienes abordaban, lo hacían para trasladarse hacia otro monasterio, pues solo está permitido pasar una noche por monasterio.

Paramos en el puerto de tres monasterios diferentes, pero no me sentí atraído por ninguno de los tres. El cuarto, San Pandeleimonos, sería mi primera escala. Me decidí por este, en primer lugar por ser ruso, al igual que mi novia. Encontraba interesante convivir un día con esos monjes y así lo intentaría. También porque fue el primer gran monasterio que divisé. Estaba pintado de blanco y dos tonalidades de verde, que me recordaban al Palacio de Invierno de San Peterburgo.

Esta sería la última vez que vería a Constantine, quien durante todo el trayecto estuvo sentado al lado mío. Durante el camino me iba contando detalles sobre Athos, pues según él, ya había estado antes en varias ocasiones. No parecía guardarme rencor por lo sucedido en Ouranopouli. Él mismo me deseaba suerte antes de marcharme y me decía lo difícil que sería para mi, poder ser admitido en el monasterio ruso.


Peregrinos embarcando y desembarcado
Situación de los 20 monasterios ortodoxos del Monte Athos
El monasterio ruso de Pandeleimonos

Varios monjes esperaban en el puerto y recibieron a los peregrinos con tres besos, alternando entre las dos mejillas. A mi nadie me saludó. Era como si llevara escrito en la frente "no soy ruso, ni ortodoxo". Me dejé llevar y seguí al resto del grupo. En el camino comencé a conversar con un ruso que hablaba inglés. Él me serviría de traductor, pues yo, aunque comprendo algunas palabras en ruso, poco puedo hablarlo.

Nos llevaron hasta el interior de un edificio, pidiéndonos dejar las mochilas en una especie de armario, antes de entrar al comedor. Ahí nos recibieron con galletas y té caliente. Pronto uno de los monjes comenzaría a dar unas frases de bienvenida y seguidamente, los presentes se acercaron uno a uno a una ventanilla, donde un monje recibía el diamonotrion. El ruso que me traducía, estaba acompañado por otros dos hombres. De los tres, al igual que yo, ninguno había hecho reservación. Me aproximé con ellos a la ventanilla y el monje comenzó a darnos un sermón, diciendo que no había puesto para todos, mientras señalaba en un papel el número de teléfono del monasterio. Me tradujeron que la próxima vez llamara antes, y que no me podían recibir. ¡Vaya decepción!

Los tres rusos se quedaron allí. Luego me enteraría de que los recibieron. Yo en cambio, debía marcharme a otro monasterio. Me consolé pensando que el Pandeleimonos, ocupaba casi el último lugar en la jerarquía de los veinte monasterios del Monte Athos. Antes de proseguir, me di una vuelta por las instalaciones y pude comprobar que debían disponer de muchos recursos, ya que apesar de los múltiples recintos, estaban construyendo aún más alas y edificios. Recargué con agua mi cantimplora, en una fuente del monasterio y seguí un camino que apuntaba hacia Dafni, donde está el puerto. Al cabo de 30 minutos, divisé la entrada del siguiente monasterio ortodoxo: Xiropotamo.


Sendero en la montaña
Monasterio de Xiropotamo, donde pasé la primera noche

Inicialmente, Xiropotamo no me llamaba mucho la atención, pues se encontraba más retirado de la costa, y yo deseaba quedarme en un monasterio donde el mar estuviera más próximo. Era un simple capricho personal, porque de todos modos no está permitido bañarse en las aguas de la península, ni siquiera los mismos monjes lo hacen.

Por un momento pensé en continuar hasta el siguiente monasterio, pero comprendí que no sería sensato. Si llegaba pasadas las 4 de la tarde, corría el riesgo de quedarme fuera y me perdería la hora de la comida. Me aproximé hasta el portón y levanté un intercomunicador sin números. Me atendió un monje, quien en inglés me invitó a pasar, luego expresarle mi intención de alojarme con ellos y de preguntarme mi país de procedencia. Al igual que en el monasterio ruso, se me solicitó el permiso de entrada a Athos, además de mi pasaporte. Se me invitó a dejar mi mochila en un estante y me condujo al comedor, donde ya se encontraban otras personas comiendo.

¡Me moría del hambre! Con el sol que pega en pleno mes de agosto, estaba empapado en sudor y tenía mucha sed. Sobre un mesón estaban dispuestos los alimentos, los cuales se podían servir a antojo propio. Había arroz con vegetales y alubias, pastel de alcachofa, pepino, tomate, ciruelas, pan, jugo de naranja y agua. Me llené el plato, recordando que en Athos solo hacen 3 comidas diarias.

Al acabar retiré mi plato y a continuación cogí mi mochila y me mostraron mi habitación en el primer piso de la casa de huéspedes. La habitación estaba situada casi al final del pasillo. En el extremo opuesto, estaba el baño común para el resto de las habitaciones. En la segunda planta habían más habitaciones con su baño exterior. En mi piso había una pequeña biblioteca donde me entretuve unos minutos mirando libros con fotografías.

Una habitación para mi solo, en Xiropotamo

Con media tarde por delante sentía que debía hacer algo para entretenerme, por lo que comencé a recorrer los pasillos, edificios y el patio central del monasterio. Subí y bajé escaleras, abrí y cerré puertas. El lugar estaba impecablemente mantenido. Los baños olían bien, las ventanas estaban limpias, los muebles no tenían ni un gramo de polvo, el jardín estaba bien podado... Habían un par de personas destinadas al mantimiento y se les podía ver durante el día haciendo labores de limpieza, pintando o lijando puertas.

Desde los balcones superiores de uno de los recintos, la vista era preciosa. Se podía ver parte del huerto,  las montañas, el mar y Dafni a la izquierda.

Igleasia del monasterio, situada en el centro del patio
Yo en el patio central del monasterio
Vista desde uno de los balcones del monasterio de Xiropotamo

Para explorar un poco más, abandoné el monasterio siguiendo un sendero, hasta que el camino se fue borrando, porque monte lo iba cubriendo. En cierto punto me encontré con unos alambres que bloqueaban el paso, por lo que decidí regresar. Luego me comentaron que allí vivían unos monjes que no deseaban ser visitados.

A las 6pm me presenté como estaba establecido, para cenar. Esta vez me encontraba completamente solo. El resto de los peregrinos podían comer junto con los monjes, pero a mi, por no ser ortodoxo, no se me permitía. Luego de cenar, un monje me invitó a visitar el interior de la igleasia, pues por no ser ortodoxo, tampoco me habían permitido ser partícipe de la ceremónia. Me vigilaba muy de cerca mientras contemplaba las relíquias, no dándome ni un segundo de libertad.

Todo este asunto me tenía un poco consternado. Había viajado hasta Athos para aprender como viven los monjes y en vez, estaba siendo tratado como un turista idiota. Conversé con uno de los peregrinos, quien me ayudó a traducir al monje. Ante mi pregunta del porqué me era denegado el acceso a la iglesia junto con el resto de creyentes, si yo quería aprender sobre la religión ortosoxa, me respondió que si mi deseo era aprender de religión debía de buscar a alguien por fuera que me enseñase. Eran muy estrictos y herméticos en este monasterio, lo que hacía que me impacientara por probar mejor suerte con el siguiente.

Más tarde, volví a subir a los balcones, para buscar una ropa que había dejado secándose al sol y presenciar el atardecer. Los atardeceres más bonitos que he visto en mi vida, los he presenciado en Grecia.



Llegaba la noche, cuando me encontraba en mi habitación tomando notas en mi diario de viajes, escuché un sonido extraño. Salí al balcón y no vi nada. Era una mezcla entre el ruido que produce un avión, y el soplido del viento como si pasara por un gran corredor, sin embargo, no era ninguno de los dos. Al rato me acosté a dormir, con una idea más o menos clara de qué hacer al día siguiente. Debía de abandonar Xiropotamo y contiuar mi viaje.



EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO

¿En qué lugar mágico pasaré la segunda noche? ¿Podré participar en las ceremonias con los monjes y convivir con ellos? Todas estas eran dudas que me saltaban por la cabeza y que pronto tendrían respuesta, solo debía de ser paciente.



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