El Valle de las Mariposas en Turquía


El Valle de las Mariposas o Butterfly Valley que es como mejor se le conoce, en turco Kelebekler Vadisi, es un valle ubicado en Fethiye, al suroeste de Turquía, cuyo nombre viene dado por la diversidad de mariposas de diversas especies que lo habitan.

Mi novia y yo viajamos desde Göreme hasta Olüdeniz en un bus nocturno, para evitar viajar durante el día, ganando así horas de viaje y no teniendo que pagar hospedaje. Temprano por la mañana un furgón que cogíamos a la salida de la estación de autobuses nos llevaría hasta Fethiye. El furgón es un vehículo de pasajeros más grande que una furgoneta y con unos pocos asientos. Muchos pasajeros van de pie, cuando los asientos están todos ocupados e incluso algunos se sientan en la primera hilera junto al conductor. El precio del pasaje era económico, menos de 2€ al cambio. Por este trayecto no pagamos nada, pues iba tan lleno que el coductor ni siquiera se percató cuando nos bajamos.

Transporte para llegar

Desde Olüdeniz hay varios botes que llegan hasta el valle, con salidas bastante frecuentes durante el día. Nosotros escogimos el bote más modesto, pues costaba menos y preferíamos como siempre ir a nuestro aire, sin depender de nadie. Con este bote habían salidas diarias a las 9:30 / 10:30 / 13:00 / 14:00 y 17:00. Los horarios de regreso eran a las 11:00 / 12:30 / 14:00 / 15:00 y 18:00.

Hay embarcaciones de mayor tamaño que ofrecen tours de un día y van haciendo paradas breves en playas o calas cercanas, con el almuerzo incluído, saliendo a media mañana y regresando a mitad de la tarde. También es posible llegar por tierra, haciendo trekking, pero nos advirtieron que el camino era peligroso y que necesitaríamos equipo de escalada y buen calzado, lo que nos hizo desistir de esta idea.

Olüdeniz, desde donde parten multitud de barcos hacia el Valle y hacia otros destinos en la costa

Compramos nuestro billete en un pequeño kiosko y nos embarcamos para zarpar a la 1pm . Habíamos acordado en pagar solo el billete de ida por 10 liras turcas cada uno, unos 3€ al cambio. Pernoctaríamos esa noche en el valle y regresaríamos a la mañana siguiente... ese era el plan.

Enseguida nos dimos cuenta como los barcos más grandes se llenaban de gente. Las embarcaciones estaban equipadas con altavoces que emitían música a todo volumen para "amenizar" el trayecto. —¡Vaya, toda una fiesta a bordo, para quien guste de este tipo de ambiente! —Pensé. 

Nuestro bote era pequeño y surcaba el mar muy despacio, sin embargo, en no más de 30 minutos de viaje llegábamos al Valle de las Mariposas. Nos gustaba más así, nosotros pasamos de las masificaciones de gente y de los tours.

Interior del bote que nos llevó al Valle de las Mariposas
Con el valle que comenzaba a asomarse a mis espaldas

Al llegar lo primero que hicimos fue armar nuestra tienda para acampar. El sol en pleno mes de agosto al mediodía era fuerte y entre tantas otras tiendas, nos costó encontrar un espacio bajo sombra. Aproximadamente unas 200 personas acampan en el valle cada noche durante los meses de julio y agosto. El agua del mar tenía un color turquesa envidiable, aunque en ocasiones había mucho oleaje y al entrar al agua, pronto se hacía profundo. Nos dimos varios baños de corta duración para refrescarnos.

Enseguida notamos que había un café y un bar, un camping privado donde habían pequeñas tiendas de campaña de alquiler ya armadas, tiendas más grandes en las cuales la altura era suficiente como para caminar dentro manteniéndose en pie, pequeñas cabañas o bungalows, aseos y duchas. En el área del café había un letrero que señalaba "recepción". Incluso por la noche llegamos a ver como serían la cena y por la mañana el desayuno. Debía de estar incluída en la tarifa del camping.

El Café y el Bar, los dos únicos establecimientos disponibles para comprar algo de comer o beber

Nosotros acampamos en la playa, fuera de las premisas del camping privado. Aún así, a día de hoy, no sabemos si había que pagar alguna tasa por acampar llevando tienda propia pero nosotros escogimos no indagar. De hecho, nunca nos presentamos en recepción y caminamos dentro del camping, pasando por alto un letrero que prohibía el paso a los no clientes e hicimos uso de los baños y de las duchas... ¡Teníamos que ahorrar!

De esta guisa descubrí que justo al girar a la izquierda donde estaban los baños, había un sendero que llevaba al valle como tal. Caminé en plano no por mucho tiempo y pronto me encontré sorteando rocas y troncos caídos entre el cauce del río; hasta que llegué a una pared vertical y me encontré con una caída de agua.

Sendero en el valle

A mi vuelta a la playa no reparé en el sendero que tomé para entrar, que ahora por venir de regreso estaba del lado contrario,  y continué recto por un sendero que corría paralelo al este. Igualmente llegué a la playa, pero descubrí un letrero que indicaba la entrada al valle y que había que abonar una tasa de 5 liras turcas por entrar. ¡Sin saberlo me había ahorrado la entrada y descubierto un modo de pasar gratis a mi antojo!

La entrada al valle sin turistas

Otro letrero advertía guardar silencio por el bien de las mariposas. Sin embargo, la gente caminaba escuchando música sin audífonos o conversando en voz alta. A pesar de haber pasado cierto tiempo caminando por el valle en distintas oportunidades, no llegué a ver ni una sola mariposa durante toda mi estancia. Es obvio que el turismo está haciendo estragos con el ecosistema.


Letrero que indica que los ruidos son dañinos para las mariposas

Fui a buscar a Daniela que se había quedado cuidando el campamento y volvimos a la cascada, esta vez juntos. Por supuesto, entramos por el sendero "tax free".

En medio del valle a medio camino de la cascada

Habían cuerdas colgando de rocas de gran altura e incluso llegamos a ver a un par de personas escalando. Ésta debía de ser la otra manera de llegar al valle, la que nos advirtieron era peligrosa.


Escaladores accediendo al valle

Llegamos hasta la cáscada donde aprovechamos para refrescarnos y llenar nuestras cantimploras con agua para beber. Ya a esa hora se notaba la disminución de visitantes en el área y que solo quedábamos quienes allí pernoctaríamos.


La cascada y yo
Vista del desfiladero

De vuelta a la playa contemplamos el atarceder y la tranquilidad del lugar, cuando ya se habían marchado todos los turistas que estaban de paso. En el bar pedimos un omelette cada uno para cenar, acompañado con pan. Cuando se hizo oscuro nos duchamos y nos acostamos a dormir pronto. Como era de esperarse, los mosquitos se hicieron sentir por la noche.

En los alrededores, no era difícil encontrarse con colchonetas, almohadas y carpas sin dueño. Usamos dos de estas colchonetas como base de la tienda. Otras las usamos para recostarnos durante el día.

Colchonetas y tiendas de campaña sin dueño o tal vez propiedad del camping
Atarceder en el Butterfly Valley

Dadas la dimensiones de nuestra tienda decidí dormir con la cabeza afuera para tener más aire, sin darme cuenta que había un hormiguero. En la mañana me desperté con algunas picadas en el rostro.

Nuestra mini tienda de un kilo de peso y unas rocas para delimitar nuestro espacio

Ya por la mañana del día siguiente nos levantamos temprano para explorar un poco. Habían muchas personas durmiendo a orillas de la playa sobre colchonetas, algunos era evidente que habían estado bebiendo la noche anterior, pues habían estado reunidos alrededor de una fogata.

Mi novia Daniela posando junto al mar azul turquesa

Hacia un lado de la playa notamos una escaleras que llevaban a un área techada. Era un bar que durante nuestra estancia no alcanzamos a ver abierto. Era sin duda un lugar cómodo para dormir pues habían varias personas echadas durmiendo sobre el mobiliario. Seguidamente nos adentramos en el valle, esta vez siguiendo un sendero que llevaba a la montaña. Nos encontramos con muchos deslizamientos de rocas. El terreno no era de fiar. Al cabo de un rato, aunque aún temprano, ya el calor se hacía sentir y sudábamos a chorros. Después de subir un buen trecho y caminar casi al borde del precipicio, llegamos a un punto donde la unica posibilidad de continuar era trepando una cuerda.

La única posibilidad de continuar avanzando: subir por la cuerda

Regresamos a la playa ya pensando en marcharnos. Parecía que estábamos en otro lugar. La paz del día anterior se transformó en un río de gente bajándose de embarcación tras embarcación. Llegó un momento que el frente de la playa estaba totalmente ocupado por barcos, apenas dejando espacio para algunos bañistas. Después de unos cortos 30 o 40 minutos de echar anclas, sonaban una corneta ensordecedora para avisar a los tripulantes que era la hora de marcharse hacia el siguiente sitio del itinerario.

La playa atestada de turistas

Se formaban hasta más de una veintena de personas para entrar al valle, abonando como borregos la tasa de 5 liras turcas a la supuesta empresa gestora de esta "propiedad privada" cuyo nombre en turco se indicaba en otro cartel situado al lado del cobrador. Me molestó la comercialización del lugar y ver como lo convierten en un imán para las masas.

Listos para cobrar 5 liras turcas por cabeza, a la entrada del valle

Estuvimos un rato sentados en la playa y observé como se subían los turistas a los barcos. Nuestro pequeño bote vendría más tarde pero yo tenía ganas de aventura y no quería esperar. Así fue como le propuse a Daniela intentar subirnos a un barco como polizontes, tentando a la suerte. Lo que sucedió, lo narraré en mi próxima entrega Cómo llegué a ser polizón y náufrago en un mismo día...



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