Tilos, la isla del elefante enano



Como un remanso de paz así es Tilos, una isla habitada por menos de un millar de personas y nuestra tercera parada por las islas griegas luego de visitar Nysiros. Casi olvidada por el turismo, es un lugar más que recomendado para descansar y disfrutar de escenarios casi desolados. ¡A conocer Tilos!

Con tan solo 64 kilómetros cuadrados de superficie, Tilos es un pedacito de tierra que con bastante tranquilidad se puede recorrer de cabo a rabo en un par de días. La razón principal que me motivó a visitar la isla, fue cuando escuché hablar del elefante enano, ya extinto, que habitó la isla hace muchísimo tiempo. Sabía que no encontraría ni rastro de su existencia, pero por alguna extraña razón, el niño dentro de mi conservaba la esperanza de dar con su huella.


Llegar a Tilos

Tilos carece de aeropuerto y el más cercano está en la vecina isla de Rodas, a unas 3 horas de distancia en ferry. Nosotros el recorrido que seguimos fue Kos-Nysiros-Tilos-Rodas, para luego entrar en Turquía por barco. En el puerto de Mandraki en Nysiros, abordábamos un ferry directo que nos llevaría hasta Tilos, en aproximadamente 1 hora y media de recorrido.

Recorrido del ferry de Nysiros a Tilos, ambas islas del archipiélago del Dodecaneso
En este catamarán viajamos hasta Tilos
Lo primero que noté mientras nos aproximábamos al puerto de Livadia (que no es la capital de Tilos, por cierto) fue el color turquesa del agua y las poquísimas construcciones aisladas por las laderas. Sin siquiera pisar tierra, pensé que esta isla me iba a gustar mucho, ¡y no me equivocaba!

Llegando a Livadia en ferry

Livadia y su puerto, rodeado de casitas blancas

Vista del paseo marítimo. Frente a la playa hay varios restaurantes y alojamientos

Alojamiento improvisado la primera noche

Nos instalamos en la playa situada a la izquierda del puerto, donde nos comimos unos enlatados y nos dimos un baño de mar. Pasamos el resto de la tarde caminando hasta el final de la playa, subiendo por una colina con vistas a la bahía y pronto se menguó la tarde. Este viaje fue un viaje de aventuras y de gastar lo menos posible. Por ello habíamos determinado dormir en la playa mientras estuviéramos en las islas griegas, siempre que fuese posible. Ya teníamos visualizadas unas tumbonas abandonadas que usaríamos como cama, sobre las cuales nos envolveríamos con nuestros sacos de dormir. 

La playa donde pernoctamos

Para ducharme y lavarme los dientes esperé a cayera la noche. Cuando disminuyó el tránsito de gente, me aproveché de una manguera que vi en el jardín de un hotel y la pasé por encima de un muro de un metro de altura, a un solar vacío que estaba justo al lado. La playa tenía un paseo angosto que la recorría y justo enseguida había algunos restaurantes, hoteles o casas con habitaciones en alquiler. 

Procuramos instalarnos apartados de la zona más concurrida, que está al principio del paseo marítimo y junto al puerto. Nos ubicamos un poco escondidos por las ramas de un árbol hacia el lado opuesto del puerto. Como habían mosquitos me vestí con pantalón y camisa manga larga, pero no obstante la vestimenta y el saco de dormir, aún así me picaron en las manos. Pasamos buena noche con excepción de unos turistas que nos despertaron de madrugada porque se instalaron a conversar en voz alta muy cerca de donde estábamos. 

Daniela en la playa donde dormimos, cuando amanecía

Por la mañana, nos despertábamos con otro amanecer precioso, de los muchos que nos regaló Grecia durante nuestra estancia por las islas. De la misma manera que lo hiciéramos antes de acostarnos a dormir; nos lavamos la cara, los dientes y comenzamos el día...

Esta foto no necesita leyenda o descripción

Cerquita de nuestro "alojamiento" visitamos la iglesia ortodoxa, bellamente decorada y nos compramos el desayuno antes de ponernos en marcha. Había una pequeña pastelería que visitamos en varias ocasiones, donde por céntimos de euro, comprábamos unos pastelitos de queso feta que estaban buenísimos, y con un par de ellos llenábamos la barriga.

Iglesia ortodoxa de Livadia
Interior de la iglesia



Moverse por la isla

Antes de contar mi historia, voy a resumir que para moverse por la isla no es necesario alquilar ningún vehículo, a menos claro que se quiera disponer de más libertad, acelerar un poco las visitas y reducir el tiempo de espera entre autobús y autobús. En Tilos solo hay una estación de gasolina donde repostar y la isla es lo suficientemente pequeña como recorrerla entera sin necesidad de disponer de un vehículo.

El día anterior habíamos explorado la opción de alquilar un coche para recorrer la isla, pero al final nos encandiló la idea de probar con alquilar una moto de baja cilindrada, no solo por lo económico sino por la aventura. 

Scooters de alquiler, muy mal mantenidas por cierto

Nunca en mi vida había conducido una. Así se lo advertí al propietario de la agencia. Otro trabajador me solicitó el permiso de conducir, rellenó un papel donde marcó con una equis que no tenía seguro y que no me entregaba casco. Le recriminé ambas opciones y acto seguido cambió las equis de casilla, me entregó dos cascos e incluyó el seguro. El propietario me indicó como encenderla, como acelerar, como frenar y como aparcarla. Se la pedí para darle una vuelta yo solo, me puse el casco y salí. Mi cerebro entendía lo sencillo que resultaba. Era como andar en una bicicleta con motor, pero me sentía torpe, sobre todo al girar en una curva. Avancé unos 300 metros bajando por una calle que me llevó hasta el puerto, di la vuelta y volví. Al tener la agencia casi en frente me dispuse a frenar, cometiendo el fatal error de mantener acelerada la moto con la mano derecha, mientras al mismo tiempo frenaba con la izquierda. Como resultado me empotré contra un letrero metálico, golpeándolo y rebotando contra él una y otra vez. El dueño salió del negocio, quitándome la mano del acelerador y bajándome de la moto, al tiempo que me decía: 
    No te puedo alquilar la moto. No la sabes conducir, además de que en la isla no hay ningún hospital y si te pasa algo seré responsable. 
    Entiendo —respondí sin rechistar, le devolví su moto y nos fuimos.

Daniela estaba decepcionada y yo más aún. ¿Qué hacer ahora para recorrer la isla? Nos enfadamos el uno con el otro, Daniela se fue hacia la playa y yo enojado, decidí caminar en solitario por la carretera que salía de Livadia, para ver hasta donde me llevaba.



Recorriendo la isla

Comencé a caminar en subida bajo el intenso sol y casi una hora más tarde llegué a un pueblo fantasma, totalmente deshabitado: Mikro Chorio, que casi es Mirko (mi nombre). Por descuido me debo haber pasado el camino directo, y acabé metiéndome en medio de las terrazas de piedra, llenas de cabras que estaban pastando. De no haber sido por eso, creo que podía haber demorado unos 45 minutos desde Livadia.

Cartel que señala el pueblo de Mikro Chorio, a un 1 km de distancia
Mikro Chorio, el pueblo fantasma y sus terrazas de piedra
Yo junto a las ruinas y de fondo contrasta la iglesia blanca
Más casas en ruinas

El único establecimiento que había era un bar con una terraza, que por un cartel daba a entender que abría solo por las noches. De resto, todo estaba en ruinas, menos la iglesia y una pequeña capilla con un mini cementerio. Solo habían cabras y yo era el único visitante. Después de 1940, el pueblo fue gradualmente abandonado y la mayoría de sus habitantes se mudaron a Livadia. En la cima llegué a las ruinas del castillo. Desde lo alto divisé las montañas y el mar muy a lo lejos. Tilos es una isla muy árida, donde se cultiva poco más que tomates. Se evidenciaba al observar su geografía y así me lo haría saber más adelante el dueño de un supermercado cuando le pregunté el por qué de los precios tan elevados de la comida: 
    Mira —me decía, al tiempo que sacaba unas facturas —aquí no crece casi nada, todo llega de Rodas. El transporte en barco es muy costoso y eso repercute en los precios finales.

Un kilo de aguacate por ejemplo, lo recuerdo en 8€ el kilo!

Lo que parecía ser una capilla y un cementerio
En la cima, ruinas del castillo del siglo XIV construído por los Caballeros de San Juan

Después de visitar Mikro Chorio y divisar a lo lejos, entendí que caminar sería perder mucho tiempo, al igual que hacer autostop ya que en una isla de escasos mil habitantes donde casi la totalidad de los vehículos que circulan son de alquiler, nadie para. Bajé de vuelta a Livadia a la estación de autobuses, de la cual ya tenía referencia por haberle hecho una foto a los horarios antes de subir al pueblo fantasma. Caminé a prisa porque sabía de un bus que salía alrededor de las 11 AM. Corrí a la playa a buscar a Daniela y ella corrió detrás de mi de vuelta a la estación, donde yo por ir más rápido, ya le esperaba dentro del bus, y salimos rumbo a Agios Antonios donde por no haber más que una pequeña playa y un restaurante, esperamos al siguiente bus para ir a Eristos.

Agios Antonios

Luego me enteraría de que en Agios Antonios se podía llegar hasta el Monasterio Agios Panteleimonas, siguiendo un camino. En Eristos había un camping gratuito ocupado por muchas familias, en su mayoría griegas y francesas, asentadas allí durante el verano. Habían baños gratuitos de uso público, un pequeño quiosco de comida que habría hasta tarde y un bar. Comimos algo, armamos nuestra tienda miniatura y salimos a caminar, subiendo por una cuesta que nos llevó a lo alto de una colina con vistas de la bahía.

La bahía en Eristos

Caminamos tanto como pudimos hasta que el terreno se tornó muy abrupto, dificultando nuestros pasos. Las cabras una vez más hacían acto de presencia. Las terrazas de varios niveles, construidas de piedras, además de ser un área propia del pastoreo, me recordaba a cierta parte del Valle de la Madriu-Perafita-Claror en Andorra.

Linda vista
La cabra, experta escaladora de terrenos difíciles

Decidimos volver y a lo lejos, bajando por una montaña vimos un hombre. Le esperamos y entablamos conversación con él. Se habría regresado a buscar una bolsa que había dejado olvidada. Venía de hacer una caminata con su esposa y habían estado justamente en el monasterio que nosotros no habíamos visto. Nos entendíamos en inglés, pero pronto me di cuenta de que era italiano y proseguimos conversando en su idioma. Ellos habían alquilado una moto para recorrer la isla. Al igual que nosotros, luego de Tilos, irían a Rodas por lo que nos encontraríamos en el barco.

Regresamos al camping, nos bañamos en la playa, lavamos la ropa sucia, comimos y en lo que oscureció nos acostamos a dormir. En el camping esa noche había un “concierto”. Varias personas se reunieron en torno a una fogata y se escuchaba a alguien interpretando canciones con una guitarra. No asistimos porque queríamos dormir para levantarnos temprano. Me costó conciliar el sueño pero al final lo logré.

Por la mañana esperamos el primer bus hacia Megalo Chorio, la capital de la isla.

Así despertaba en el camping de Eristos

En el bus decidí emplear la técnica del billete grande, pagando al conductor con un billete de 50€: 
    No tengo cambio, me lo das luego —me dijo.

La capital, que parecía todo menos capital por lo desierta que se encontraba. Estaba formada por estrechas callejuelas, en subida la mayoría. Había una iglesia donde se celebraba la misa matinal, la plaza principal, el ayuntamiento y poco más que ver. Desayunamos en un establecimiento familiar donde entre las cuatro palabras que conozco en griego y señas, me hice entender con una señora mayor, quien nos preparó unos huevos revueltos.

La iglesia de Megalo Chorio
Daniela en la placita de la iglesia

Sabíamos que no muy lejos podíamos visitar la cueva del elefante enano que habitó la isla hace varios millones de años, antes de extinguirse. Caminamos un largo trayecto, recogiendo en el camino un racimo de uvas enorme que nos iríamos comiendo. Había un pequeño complejo en obras, seguido de un portón que estaba cerrado. Nos detuvimos a descansar y pronto apareció una pareja de Atenas con su coche de alquiler. El hombre se me adelantó y abrió el portón, que para mi sorpresa no tenía llave. Avanzamos unos metros mientras charlábamos, pero ante la posibilidad de no poder continuar él prefirió regresar. Yo esperé por Daniela y subimos hasta la cueva Charkadio donde debían de estar los restos que tanto ansiaba ver. Como era de esperarse había otro portón justo a la entrada de la cueva, solo que éste si que estaba cerrado con candado. Pensé en saltarme la verja, pero tuve la impresión de que no encontraría nada, pues el lugar estaba siendo sometido a una excavación por parte de la Facultad de Geología y Geoambiente de la Universidad de Atenas. Se veían algunas marcas en las rocas, maquinaria liviana y unas cuerdas, aunque las obras parecían estar paradas.

En la cueva Charkadio, cerrada al público
Vista desde la cueva

Como no queríamos echar marcha atrás hasta Megalo Chourio para esperar a por el bus, comenzamos a caminar hasta Livadia, a unos 6 kilómetros de Charkadio, con la esperanza de hacer autostop o de parar el bus si pasaba. Nadie paró y acabamos por caminar todo el trayecto aunque en cierto punto nos separamos. Un poco antes de Mikro Chorio, Daniela se desvió por un camino que llevaba a una playa de arena rojiza. Al rato nos encontramos en nuestro lugar base, en la playa de Livadia. En esta oportunidad nos movimos unos cuantos metros más allá, para evitar ser molestados de noche mientras dormíamos.

El resto de la tarde la pasamos comiendo, bañándonos en la playa y caminando por Livadia. Por la mañana nos levantábamos temprano para, desde el puerto, embarcarnos a la isla de Rodas.

El ferry para ir a Rodas


 No te pierdas la próxima entrada, donde narraré los tres días que pasamos en Rodas, en un coche de alquiler en el que dormíamos por la noche y como nos colamos a cenar en un resort turístico, entre otras aventuras.


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