Seis noches en el monasterio de Paleokastritsa en la isla de Corfú


A 25 kilómetros de Corfú se encuentra la ciudad de Paleokastritsa, famosa por su mar azul turquesa y por una bahía rodeada de colinas cubiertas por bosques, olivos e higueras. Pero además de ser un lugar de ensueño, es donde se haya un monasterio ortodoxo en el que fui invitado a permanecer por casi una semana. ¡Efjaristó (gracias) Paleokastritsa!


La isla griega de Corfú en el archipiélago de las Islas Jónicas, era el último destino de mi viaje de 36 días por Grecia y Turquía. Cuando llegué a Corfú, una semana antes de tener que volver irremediablemente a Barcelona, me quedaba muy poco dinero en los bolsillos. Bien podía haber dispuesto de más efectivo a través de un cajero automático, pero me negaba a optar por esta opción, ya que mi propósito era el de acabar el viaje con lo había planificado gastar.


Desde Igoumenitsa crucé en ferry hasta la Isla de Corfú




Cómo fui a parar al Monasterio de Paleokastritsa


Tras desembarcar en el puerto de la isla, me  dirigí a un establecimiento de comida para comerme un gyros pita, siendo aconsejado por el propietario de ir hasta Paleokastritsa; lugar atractivo y donde además podría dormir en un camping a buen precio. Así que allí iría con un bus de la linea verde, luego de pasearme primero por la ciudad vieja de Corfú, declarada Patrimonio de la Humanidad en el 2007.

Aproximándome a Paleokastritsa, a través de la ventanilla del autobús divisé varios campings que íbamos dejando atrás  porque me empeñé en llegar hasta el final del trayecto. Ya en Paleokastritsa tuve la suerte de observar un letrero que señalaba hacia un monasterio en lo alto de una colina. ¡Esta es la mía! pensé.

Subí hasta arriba, deteniéndome a preguntar a una mujer que estaba acompañada por un monje y vendía souvenirs unos metros antes del monasterio. Me dijo que veía difícil lo de pasar ahí la noche, pero que hablara con Efsimios. Me acerqué hasta él, pues estaba sentado afuera del monasterio conversando un unos chicos jóvenes. Con el poco griego que había estudiado antes de llegar a Grecia le dije: "Kalispéra, me lene Mirko, ego íme apo tin Ispanía..."

El resto se lo expliqué en inglés con la ayuda de un tercero al que mandaron a llamar, quien le tradujo mis palabras. Le dije que era un viajero, que venía de peregrinar el Monte Athos, que me había quedado sin dinero y que en 6 días debía de regresar a mi hogar en Barcelona, Varkelóni en griego. Le pregunté si era posible que me acogiera en el monasterio. Me preguntó por cuantos días deseaba quedarme y le dije que solamente una noche porque no quería molestar por más tiempo.

El monasterio al final de la calle
Vista desde Angelokastro, el monasterio en lo alto de la primera roca de derecha a izquierda


Lo meditó por unos segundos, aceptando mi auto-invitación e indicándome la hora de cierre de las puertas del monasterio. Con el tiempo justo bajé a prisa hasta un supermercado para comprarme algo de comer para la cena y regresé antes del toque de queda. Al volver le di las gracias, le deseé buenas noches y me condujeron hasta una habitación con una cama individual y baño privado, situada del lado izquierdo de un pasillo con arcos.


Mi habitación en el monasterio


¡No lo podía creer! Esa noche no me apetecía dormir en la playa, y aunque poco había visto de Paleokastritsa, tuve la impresión de que sería difícil encontrar un buen lugar para dormir en la playa. Luego de instalarme en mi habitación quise echar un vistazo al monasterio pero ya estaba todo oscuro. Intenté subir hasta la iglesia pero un perro me ladró haciéndome retroceder.




Abandoné el monasterio para dormir en la playa


Mi sed por aventura me llevaba a buscar otras experiencias y a no quedarme dos noches en el mismo lugar. Así, temprano por la mañana dejé las llaves con un señora que estaba regando las plantas y como no vi a más nadie para despedirme me marché pronto para no perder el bus a Corfú y desde Corfú a Ipsos, donde pasé el día y decidí pasar la noche. En isla me encontré con mucho turismo, a diferencia de Tilos, Nisyros o Kos, donde era mucho menor. La mayoría de los visitantes de Corfú son italianos, por su cercanía con Italia y facilidad de acceso en ferry desde la localidad del Brindisi.

Las campanas de la iglesia del monasterio


Al final de la tarde como era costumbre, busqué un lugar para ducharme y lavarme los dientes. Entré a una construcción al final de la playa y allí pedí permiso a un hombre para usar una manguera para asearme al aire libre. Cuando acabé, a pocos metros encontré un alojamiento turístico que se comunicaba con la playa, e inicié conversación con una mujer joven que estaba en el área de la piscina. Le dije que me había quedado sin dinero y le pedí si para pasar la noche podía prestarme una silla de las que se usan para tomar el sol. Miró para ambos lados verificando que nadie nos veía y me pasó una silla por encima de la verja, pidiéndome no decir nada y devolverla temprano por la mañana.

Posé la silla sobre la arena, pero además de ver una rata escondiéndose entre unas piedras, unos murciélagos volando sobre mi cabeza y gente que pasaba a cada rato, me decidí por moverme al patio de una casa que se hallaba justo detrás mío y que por la oscuridad que había me dada bastante más privacidad. Aún así, seguía viendo gente pasar y escuchaba música proveniente de todas partes, por el ambiente nocturno del lugar. Creo que Ipsos fue el peor lugar que pude haber escogido para dormir bajo las estrellas. Eso si, no me arrepentí del espectáculo que me regaló la naturaleza esa noche, una luna llena que poco a poco fue menguando de tamaño en el horizonte del mar, tan grande y brillante que parecía un Sol, al punto que dudé si estaba amaneciendo.



Yo mejor me regreso al monasterio


Después de una noche tan terrible decidí que sería mejor volver al monasterio. Me gustaba dormir en la playa y ya lo había hecho encantado varias veces en otros lugares de Grecia y Turquía, pero en esta ocasión no lo disfruté y ya me había dado cuenta de que sería casi imposible encontrar un lugar tranquilo donde dormir. Por otro lado, no me hubiese respetado a mi mismo si hubiese hecho caso a las vocecitas de mi cabeza que me decían que me buscara un hotel barato.

Me sentí apenado pero otra vez me presenté ante Igumeno Efsimios, el manda más del monasterio. Me preguntó donde había pasado la noche, por qué no me despedí, cuántas noches más quería pasar en el monasterio... Cuando acabó de interrogarme me devolvió a la habitación donde pasé la primera noche y me sentí aliviado. Ahora sentía que podía dormir tranquilo, planificar mi visita a la isla y no tener que preocuparme de más nada, a pesar de lo mala que era mi economía.



Conociendo la isla


Cada noche antes de irme a dormir consultaba el mapa de Corfú y la hoja con los horarios de los autobuses para planificar mis visitas del día siguiente. El problema era que cada día debía ir obligatoriamente desde Paleokastritsa hasta la ciudad de Corfú, capital de la isla, desde donde parten los buses al resto de la isla.

Esto me suponía invertir 40 minutos de tiempo por cada viaje, más 2,50€ totalizando 1 hora 20 minutos de tiempo y 5€. También tenía que sumarle el tiempo de recorrido hasta el lugar que quería visitar, el tiempo de recorrido de vuelta a Corfú y el precio de esos billetes.  Así fácilmente, un día de traslados podía costarme entre 10-15€, dependiendo del destino elegido, y demorarme hasta 3 horas.

Un de las playas de Paleokastritsa, vista desde la colina donde se asienta el monasterio


A este ritmo de gastos pronto tuve que hallar una solución. Una vez entré rápido al bus, sentándome lo más atrás posible, agachado y haciéndome el dormido, pero el acompañante del conductor que pasaba por los puestos cobrando los billetes se dió cuenta y tuve que pagar. Otra vez el bus iba tan lleno de turistas y no se apercibieron de cobrarme. Y en otra ocasión, antes de abordar el bus escondí todo mi dinero dejando solamente unas cuantas monedas en el bolsillo de mi pantalón. Cuando pasó el cobrador saqué todas las monedas, haciéndole creer que pensaba que el pasaje era más económico y que no me alcanzaba para pagarlo. Como el bus ya había arrancado no me iba a echar fuera. Le dije que en Corfú sacaría dinero de una cajero para pagarle, pero al llegar a Corfú me dijo en secreto que no le pagara y que no dijera nada a nadie... y así de a poco, cada día ahorraba algo.

Hubo un día que me quedé en Paleokastritsa para comer con los monjes todas las comidas y no gastar en pasajes, mientras que durante ese día disfrutaba de las aguas transparentes de la playa, una de las mejores en la isla. El resto de días los pasé todos fuera, teniendo que comprarme comida en supermercados durante el día y en la noche cenaba con ellos. Pero lo que más me costaba dinero era movilizarme. De los 100€ que gasté  en Corfú durante una semana de estancia, solo la mitad la gasté en comer y la otra mitad en autobuses.




Un monasterio como ningún otro


En el monasterio podía dejar mis cosas, lavar y secar y mi ropa, además de que dada mi situación podía comer con los monjes, quien me invitaron a partir del segundo día de estancia. Todo un lujo. Por mi carácter no me permití pasar mucho tiempo en el monasterio, casi siempre salía temprano por la mañana y no regresaba hasta la noche. Aún así procuré asistir a algunas litúrgias o pasaba ratos con Ananías en la tienda de recuerdos del monasterio, la cual él atendía durante el día. Ananías era un monje que hablaba bastante bien el español, gracias a haber trabajado en un barco y viajado por varias partes del mundo, con un compañero de tripulación argentino que le enseñó el idioma.

Durante el día, mañana y tarde, el monasterio tenía un horario de visitas de pago para entrar y recorrer las partes abiertas al público, entre ellas un pequeño museo con reliquias, la tienda de souvenirs, la iglesia y otra tiendita donde se vendían aceites y se exhibía un molino antiguo para hacer aceite de oliva.

Carteles dentro del monasterio señalando el museo, la iglesia y el molino de aceite


Las comidas eran mi parte favorita del día por lo distendidas que eran. A diferencia de otros monaterios que he visitado, todos charlaban, bromeaban y se reían mientras nos alimentábamos. Tras escuchar las campanadas que indicaban la hora de la comida, nos acercábamos al comedor y nos sentábamos en una mesa en forma de "U" de la que solo ocupábamos un palito de la "U", porque éramos pocos, dándonos las caras.

Todos tenían su puesto fijo. A cabeza de la mesa sentaba Efsimios,  luego los demás monjes y por último los invitados. Ananías, de 63 años, se sentaba en frente mío y me traducía lo relevante de las conversaciones, cuando yo no lograba deducir su significado. Ananías siempre bebía vino blanco casero del que me ofrecía y yo bebía con todo gusto. Se había convertido en monje tras enviudar y no conseguir trabajo en Atenas, por lo que un día decidió convertirse a la vida tranquila que le brindaba el hábito de monje, sobre todo porque no tendría que pagar vivienda, comida ni preocuparse de otros gastos, así me lo confesó.

El comedor con una botella que contenía vino blanco hecho en el monasterio


En la mesa nos acompañó una veces un señor de unos 89 años  que vivía en el monasterio y tenía alzheimer. Una día, una conversación se desarrolló en base a él diciendo disparates. Alegaba que le gustaba una mujer y que le iba a proponer matrimonio. Los monjes no podían evitar reírse abiertamente de lo que el señor decía, y yo solo de verles reír me destortillaba de la risa. En una de esas el hombre se ofendió y le dijo "colópedo" a otro, que significa "pelotudo" según me tradujo el monje que aprendió español de argentina, lo que ocasionó que todos nos riéramos mucho más.

Anterior al comedor estaba la cocina y una mesa pequeña donde comían las mujeres. Una era la madre de un monje que vivía allí, y a su vez tenía otro hijo que también vivía en el monasterio pero que no era monje.

Todos los monjes llevaban barba, cabellos largos y vestían de con un hábito gris y no negro como en Athos. Cada monje tenía una ocupación, como ocurre en todo monasterio. Zozípratos era el cocinero. Los demás monjes, cuyo oficio desconozco, se llamaban Kirilos, Kalinicus que era visco, Metodios, Sebastián el pelirojo y Damianos que fue el que con más ganas de despidió de mi el día que tuve que decir adiós a Corfú para volver a España.

Yo, un día por la mañana que bajaba del monasterio para salir a pasear por la isla


Casi del mismo modo que se comportaban en la mesa lo hacían fuera de esta. Efsímios, cuando se marchaban los turistas, se sentaba a charlar fuera del monasterio mientras fumaba. Cuando en una ocasión le pregunté al respecto, me dijo que lo hacía cuando nadie le veía. Aunque en el monasterio solamente vivían unos 10 monjes, no todos se presentaban a misa. Incluso de repente el que leía se ausentaba por un momento y dejaba a otro encargado de la lectura. Había un monje muy mayor al que no llegué a conocer, quien siempre estaba en su habitación, incluso para comer. Otro estaba de viaje esos días.

Incluso tenían varios gatos y perros, a los que siempre acariciaban cariñosamente. Uno de los perros debía de ser el favorito, pues incluso nos hacía compañía en el comedor y le daban palmaditas o lo cargaban en brazos con total naturalidad, como si de una casa de familia se tratase.

Otros usaban sus teléfonos celulares arcáicos después de comer y se interesaban por mi. Efsímios que era muy preguntón, siempre quería saber donde había estado durante el día, cómo había llegado hasta los sitios que visité, por qué no había ido a almorzar, qué había comido... En cuanto a la comida era muy buena, pero el mejor día fue el primero cuando prepararon una lasagna que estaba para chuparse los dedos. Siempre había fruta de postre y algunos días recalentaban para la cena las sobras del medio día.

El pasillo de arcos donde estaba mi habitación. Al fondo la entrada a la cocina y al comedor


Nunca me permitieron ayudar en nada más que recoger los platos o llevarlos a la mesa antes de sentarnos. Hubo días que nos acompañó en la mesa un muchacho joven que parecía tener mucha confianza con Efsimios, pues hasta fumaban juntos. Según me explicó había conseguido un trabajo en la isla y los monjes le estaban alojando por un tiempo, mientras su economía mejoraba.

Y así, entre comidas relajadas y visitas a la isla, pronto llegó el día de despedirme de todos para volver a casa. De todas mis experiencias en monasterios, esta es la que con más cariño recuerdo por diferente que fue y por lo bien que me sentí estando allí con ellos. El día que me marché, Damianos me dijo que volviera algún día, que esa era mi casa y que si quiería hasta me podía convertir en monje, a lo que le di las gracias, no sin antes aclararle que no podía ser monje pues tenía una mujer esperándome en casa.

Si te ha gustado esta historia o si te identificas con la vida en los monasterios, no dejes de leer sobre mi estancia en el Monasterio de Poblet o mi serie de relatos en el Monte Athos, que comienzan con mi visita a Ouranoupoli, la puerta de entrada a Ágion Óros (la Montaña Sagrada).



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