La Calzada del Gigante (Giant's Causeway) y la leyenda del gigante de IRLANDA DEL NORTE

Algo que tenía claro, clarísimo, sobre mi visita al Reino Unido, concretamente a Irlanda del Norte, además de ser la razón principal de viaje, era que por nada dejaría de ir la Calzada del Gigante; un lugar que me atrajo profundamente desde el instante que supe de su existencia y que fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1986.



Lo primero que debes saber es que lo más normal para visitar la Calzada del Gigante, es hacerlo desde la ciudad de Belfast. Una ciudad que por cierto te recomiendo que visites por tener un interesante pasado marcado por 30 años de conflictos, además de tener la mayor exposición del mundo sobre el Titanic.


La jornada comenzó muy temprano. A las 6am del 19 de diciembre de 2015 me levantaba de mi litera en el Belfast International Youth Hostel, donde compartí habitación con otros dos chicos, ambos más jóvenes que yo y con quienes tuve la oportunidad de conversar un poco antes de irme a dormir.


Uno de ellos era un coreano que estaba viajando por el mundo, un chico de unos 19 años, muy risueño y buena persona, se le notaba que era su primer gran viaje por la inexperiencia de viajar con maletas. Planeaba visitar un montón de países de Europa en tres meses. El otro, un Barcelonés que estaba de Erasmus y que decía iría a visitar pronto a su familia. Pensaba sorprenderles la noche de Navidad, entrando por la ventana de la casa en el pueblo donde viven sus padres disfrazado de Santa Claus.



En fin... lo reglamentario al levantarse: me aseé, desayuné algo y de inmediato caminé hasta la estación Botanic que me quedaba a 3 minutos cronometrados del hostal. Pensaba subirme al tren de las 7:14 am con destino a Coleraine, donde cogería un autobús para llegar hasta la Calzada del Gigante, el que prometía ser el lugar más emocionante de mi viaje por el Reino Unido.


Al llegar a Botanic, y para mi sorpresa, había una incidencia técnica. Ningún tren estaba parando en esa estación y no me quedó otra opción que caminar hasta la estación central de Belfast, a unos 20 minutos a paso apurado, teniendo que esperar hasta el siguiente tren a las 8:20 am.  A las 9:40 am llegaba a Coleraine, un pequeño pueblo muy bonito donde pude hacer escala y echar un vistazo rápido mientras esperaba por el autobús que saldría a las 10:50am. 



Debo haber sido el primero en subir al autobús y me senté en la primera fila, casi al lado del conductor para no perderme detalle del paisaje. Entre tanto el chofer y yo conversábamos un poco. Treinta minutos más tarde al fin llegaba a mi destino, la última parada: la Calzada del Gigante.

Al bajar del transporte lo primero que noté fue que había un viento fuertísimo. El cielo estaba completamente blanco, sin embargo, había tanto verde por doquier que el clima no producía nostalgia alguna. ¡Me sentía eufórico! Una hora y cincuenta minutos de viaje era todo lo que precisaba para llegar hasta aquí, combinando el tren y el bus, sin embargo con tanta espera sumada al tren que perdí por la mañana, fueron más de 4 horas invertidas.


Acceso y dato importante sobre las entradas


El césped y las ovejas pastando se perdían de vista. El escenario prometía. De inmediato noté algunas personas acercándose hasta el centro de visitantes, otras iban directamente por un camino a la derecha.



Pregunté a un trabajador, quien me dijo que podía acceder libremente sin entrada. La admisión simplemente da derecho a coger un autobús desde lo alto de la colina, hasta la parte baja donde están las piedras de forma octogonal, la principal atracción de la Calzada del Gigante.


También con la entrada entregan una audio guía y se puede acceder al centro de visitantes, donde hay una exposición, venta de recuerdos y un restaurante. Pensé que sería una tontería pagar por esto, pues yo ya conocía la leyenda del sitio y yo iba allá por el paisaje, no para agarrar un bus solo por ahorrarme unos metros de caminata, ni para curiosear cuatro paredes del centro de visitantes.


Poco a poco comencé el descenso, mientras otros bajaban con bus, parándome literalmente cada cinco metros maravillado con todo cuanto me rodeaba o para hacer fotos.



La leyenda de Finn MacCool


Cuenta la leyenda que un gigante de nombre Finn MacCool vive aquí. Finn tenía de vecino a otro gigante. Un día curioso por ver dónde vivía el otro gigante, Finn construyó un camino de piedras para llegar hasta él.


Al verlo cara a cara se dio cuenta de que era mucho más grande que él y regresó a casa. Asustado pidió consejo a su esposa, quien le sugirió disfrazarse de bebé, así pues, cuando el otro gigante acudió en su búsqueda la mujer le dijo que Finn no estaba en casa y al ver el tamaño del bebé, pensó que el padre debía de ser enorme. Corrió entonces despavorido a su hogar en Escocia, destruyendo parte de las piedras para que Finn no le pudiera alcanzar nunca.


Atraído por lo fantástico


Curioseando por la página web de la Calzada descubrí un video supuestamente grabado por un turista, donde se puede ver una puerta de rocas cerrándose tras la entrada de Finn (quien no aparece en la grabación).


El video llamó mi atención y que más quisiera yo que poder decir que es cierto, sin embargo, lo más sensato sería atribuirlo a un truco publicitario para atraer visitantes. Se supone que Finn duerme dentro de estas rocas. El cartel dice de avisar si se escucha a Finn roncar...



Lo cierto es que al llegar a la Calzada del Gigante el mito cobra vida, porque hay rocas con forma de bota, de camello, de chimenea... todas ellas me hicieron imaginar por un momento que la historia podría ser real, y aunque no lo sea, es divertido recrear el personaje, imaginarlo e incluso esperar que se aparezca por ahí.


Las piedras asemejan un juego de "tetris" pues calzan a la perfección una al lado de la otra. Es como ver una imagen pixelada. Los turistas van casi todos a lo mismo, a hacerse fotos donde están las piedras y no es para menos, porque las formas son muy curiosas, casi irreales, es como si hubiesen sido talladas adrede.





Más allá de lo obvio


Siempre he dicho que un auténtico viajero ha de ser curioso, debe ir más allá, preguntar, indagar, buscar respuestas... Como no podía ser otro mi caso, me aventuré hacia sitios de acceso prohibido, donde no transitaba nadie.  Había estado lloviendo, por lo que ciertos caminos estaban cerrados por derrumbes. Me salté varias barreras, teniendo que regresar en una ocasión, pues las condiciones no permitían andar más.


Por la ladera seguí una indicación que señalaba "Red trail". Luego de subir unos escalones muy pronunciados y saltar una verja, llegué a la parte alta, donde me encontraba solo y tenía unas impresionantes vistas sobre la costa.



Pasado el mediodía me senté a comer algunas provisiones que llevaba en la mochila, mientras contemplaba la majestuosidad de la costa, los pastos, los acantilados... de pronto, sin aviso, el viento arreció, tanto que si me levantaba sentía como me tambaleaba, casi tumbándome. El cielo se volvió gris, trayendo consigo una tormenta. Tal vez no era tan buena idea estar allí a solas, por lo que decidí continuar la marcha.





Proseguí por el mismo sendero y minutos más tarde paró de llover, despejándose el cielo paulatinamente. Pasé el letrero que señala el "Red trail", todo derecho hasta que llegué a un cruce de caminos que pasaba por encima del centro de visitantes.




Continué, bordeando el Causeway Hotel, dirigiéndome hacia el otro lado de la costa donde tampoco habían turistas, solo locales haciendo trekking. De esta parte de la costa las piedras no tenían forma octogonal, pero el paisaje era más dramático, con unos acantilados de infarto, mucho pasto y ovejas. Irlanda en su más puro estado, tal como me la imaginaba o veía en películas.


Caminé un rato, tal vez durante una media hora hasta pasar una casa en construcción que parecía un mansión. Después de este punto, el camino transcurre casi a nivel del mar. Caminé unos metros más, pero al percatarme que se acercaba la hora del atardecer, decidí volver sobre mis pasos hasta las piedra hexagonales; para disfrutar de la puesta del Sol.  No pude haber estado más acertado en mi decisión, los colores del cielo reflejados en la piedras eran fantásticos, casi poéticos.

Luego de ser testigo de este momento mágico, comprendí que el fin de mi jornada había llegado a su fin. Nada deseaba más que quedarme una noche en la calzada para disponer de más tiempo para recorrer la costa y tal vez llegar a encontrarme cara a cara con el gigante Finn. Desafortunadamente mi viaje debía de continuar...



Regresé al centro de visitantes donde pude comprobar que sin entrada no me permitían entrar ni al baño. Ya con la oscuridad a cuestas esperé en la parada por el bus con destino Coleraine. Luego cogería ese mismo día un tren a Belfast para luego abordar otro tren a Dublín y casi a media noche embarcar un ferry en puerto en Dublín, a la Isla de Man.




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